Un Ciudadano de Dos Mundos, Una Conciencia Dividida

Estas reflexiones son mis memorias—sin pulir, a veces crudas, pero siempre honestas. No las escribo para agradar ni para provocar, sino porque el silencio me resulta más incómodo que la verdad. Soy padre, maestro, viajero, economista e inmigrante… y aún creo en el Perú, incluso cuando el país parece haber olvidado cómo creer en sí mismo.

Nací en Perú. Eso está claro. Lo que vino después, no tanto.

Después de más de 30 años en Canadá, tengo la doble ciudadanía. Crié a dos hijos—con amor, aunque quizá con demasiada protección. Hoy reconozco que parte de mi paternidad estuvo guiada por el miedo. Quería cuidarlos de todo, protegerlos del dolor, de las caídas, de las decepciones del mundo. Tal vez, en ese afán, les quité la oportunidad de enfrentarse solos a algunas realidades. Pero si algo tengo claro, es que estoy profundamente orgulloso de quienes son hoy. Son buenos hombres, nobles, con valores. Y eso, para un padre, lo es todo.
La vida es así. Uno hace lo mejor que puede, y después mira hacia atrás preguntándose si fue suficiente.

Profesionalmente, fui maestro en Canadá, pero en esencia soy economista. Llevo años dirigiendo mi propio negocio en automatización, ahorro energético y eficiencia ambiental—mucho antes de que la sostenibilidad se volviera moda. Tengo una Maestría en Gestión Ambiental y Resolución de Conflictos. No solo quise entender los problemas: quise resolverlos.

Y a lo largo del camino, he viajado. No para escapar, sino para observar. Italia, Alemania, Francia, España, Portugal, Suecia, Países Bajos, Brasil, Chile, Ecuador, Estados Unidos, Corea del Sur, México, Haití, Cuba, China, Dubái, Argentina, Dinamarca. Cada lugar me enseñó algo distinto sobre cómo funciona una sociedad, cómo se sostiene o se derrumba. Pero ningún destino me ha golpeado tan fuerte como volver a casa.
He caminado el Perú, de Tumbes a Tacna. No con una campaña política ni buscando fotos, sino buscando respuestas. Escuché al agricultor en Cajamarca, al vendedor ambulante en Lima, al maestro en Arequipa, a la enfermera en Moquegua. Ellos no hablan en hashtags. Su realidad no pasa por filtros ni discursos: es directa, es dura, y a veces, desgarradora.

La corrupción en el Perú no es solo un problema—es una costumbre. Está tan arraigada que incluso el ciudadano común participa, no por maldad, sino por resignación. El sistema está roto, y sobrevivir ha reemplazado al deber cívico.
Y aún así, nos piden que “confiemos”. ¿Pero en quién?
Se viene otro proceso electoral. Y otra vez, el menú de siempre: los mismos nombres, las mismas promesas vacías, los mismos juegos con distinto disfraz.
Tenemos a Antauro Humala, con su nacionalismo y retórica de castigo, ganando fuerza entre los olvidados. Pedro Castillo, a pesar del desastre de su gestión, aún tiene simpatizantes que lo ven como un símbolo de resistencia más que como un error.

Y claro, Keiko Fujimori, cuyo apellido aún divide familias y regiones como una herida sin cerrar. Detrás de sus discursos hay años de investigaciones, alianzas oscuras, y un historial que muchos eligen olvidar. Su propuesta no es nueva, es heredada. Y el país ya ha pagado el precio.
Rafael López Aliaga (“Porky”), que grita “Dios, patria y familia” mientras hace cálculos de privatización. José Luna, César Acuña—veteranos del marketing político que tratan cada elección como si fuera una inversión. Phillip Butters, Carlos Álvarez—figuras mediáticas que coquetean con el poder como si el país fuera un set de televisión.
Y también, Montesinos. Sí, ese Montesinos. No como candidato presidencial, pero sí como símbolo viviente de un tipo de política que nunca se fue. En este Perú desilusionado, incluso figuras tan oscuras como él siguen teniendo base, simpatizantes, y operadores que lo recuerdan con nostalgia. Se habla hasta de que podría postular al Senado. Y eso no es una anécdota: es una advertencia. En tiempos de frustración, la gente no vota por esperanza, vota por castigo. Y Montesinos representa exactamente eso: la ilusión del orden, a cualquier precio.
Estos nombres no son soluciones. Son síntomas. En muchos casos, son la corrupción hecha persona.
También Martín Vizcarra. No lo presento como opción, ni como salvador. Pero al menos—hay que decirlo—intentó enfrentar al sistema. Tuvo el valor de cerrar un Congreso podrido. Se equivocó, sí, y mucho. Pero en una sala llena de lobos, por lo menos ladró. Eso, en el Perú de hoy, ya es raro.

¿Dónde me deja todo esto a mí?
No tengo partido, ni maquinaria, ni intereses personales en el poder. No quiero formar parte de este circo, a menos que entre con mi dignidad y salga con ella intacta. Pero me pregunto: ¿y si puedo hacer más?
Hace unos años fundé REPEX. No como un capricho, sino como un paso natural en el trabajo que he hecho toda mi vida: ayudar donde el Estado no llega. He hecho labor social desde siempre—en el Perú, en Haití, en silencio. Pero la caridad es un parche. Lo que necesitamos ahora es cambio sistémico. Cambio de fondo. Cambio de cultura.
¿Creo que Perú puede lograrlo? Sí. Pero no con los nombres que tenemos hoy. No con reciclajes ni con payasos políticos. Y definitivamente no con el regreso de los fantasmas del pasado.
Me mantengo indeciso, no por falta de convicción, sino porque mis principios no me permiten decidir a la ligera. He visto lo que el poder puede hacer. He visto cómo un sistema puede devorar a los que entran con buenas intenciones. Si alguna vez doy ese paso, será para desafiar el poder, no para disfrutarlo. No para sentarme a la mesa, sino para voltearla.
Mientras tanto, sigo caminando. Escuchando. Ayudando donde puedo. Y hablando cuando es necesario.
Porque llevo dos banderas en los bolsillos.
Pero solo un corazón. Y late, tercamente, irracionalmente, con esperanza… por el Perú.

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